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Los regalos de boda

  • Publicado el

    31 de octubre de 2014

Pepe, Mercedes, Pepita, Vicenta, Lola, María, Antonio, Pilar y Amparo nos cuentan como eran los regalos de boda en los años en los que ellos se casaron. ( Década de los 50 del siglo pasado)

En esa época las cosas eran muy distintas en todos los aspectos. La ilusión de toda mujer era el matrimonio, de hecho estaba educada desde pequeña para casarse.

Cuando se fijaba la fecha del matrimonio, se publicaban en misa mayor las amonestaciones durante tres domingos consecutivos. A partir de la primera amonestación (primer domingo), la novia exponía, en la mejor habitación de la casa familiar, el fruto de años de laborioso esfuerzo: el ajuar o «equipo» que la mayor parte de las madres habían empezado a comprar desde que eran niñas.

El ajuar, generalmente estaba compuesto por mantelerías y juegos de sábanas primorosamente bordados con sus iniciales, principalmente en casa y si no, eran cosidos por la modista o la bordadora. Esto se completaba con los demás enseres que la novia y su familia aportaban como dote menor al matrimonio.

Amistades e invitados ofrecían a la novia su regalo de boda, por ejemplo: dos tazones con el plato de desayuno, un juego de café,  licoreras de cristal tallado, con un plato y unos vasitos de cristal, un juego de tocador, marcos de fotos, precisamente Vicenta aún conserva en su habitación de Selegna su foto de boda en uno de estos marcos que le regalaron.

Principalmente los regalos consistían en piezas de cocina como sartenes, ollas, vajillas, cafeteras que se regalaban en bodas más sencillas. En las bodas más selectas, los regalos eran muy distintos, la visita a las platerías de la calle de la Paz de Valencia era toda una tradición: cuberterías, soperas, bandejas de plata y cristalerías de bohemia para agasajar a los novios.

Las listas de bodas no existían y por eso era muy fácil que se encontraran con muchos regalos repetidos: 3 juegos de cafés, 5 de marcos de fotos. Eran regalos que difícilmente podían cambiar,  ya que se consideraba una ofensa al que había hecho el regalo.

Los invitados llegaban a casa de la novia y visitaban la habitación donde estaba la exposición de regalos, sin perder detalle de lo expuesto, unos movidos por la alegría, otros por la curiosidad un poco impertinente de saber cuál era el ajuar que llevaba al matrimonio. La novia, siempre atenta, les agasajaba con una copita de licor y unos dulces del tiempo.

Actualmente cuando recibimos una  invitación  de boda,  en la mayor parte de los casos nos indican un lugar donde se ha dispuesto una lista de boda y en otras invitaciones hay una tarjetita con el número de la cuenta corriente donde se ingresará el importe que se quiere regalar y luego los novios lo invierten  según sus preferencias.

 

 

 


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